
La fuga de Albo deja en evidencia a aquellos que encumbraron socialmente a estos y otros empresarios de la conserva como benefactores y servidores del pueblo.
Estaban equivocados los que les dedicaron homenajes, nombres de calles y aplausos públicos.
Fueron estos y otros personajes los que mantuvieron siempre una distancia significativa con el resto de vecinos y conciudadanos, sin integrarse en la vida social del pueblo y sin establecer lazos afectivos ni con las personas ni con el territorio.
¿Cómo van a responder ahora a estímulos románticos o sentimentales?
Fueron y son portadores de una escala de valores adaptada a sus intereses económicos, personales y empresariales, donde las circunstancias sociales, familiares y humanas de los empleados quedan supeditadas a su particular cuenta de beneficios.
Pero no los demonicemos por ello. Esta forma de proceder responde a una lógica empresarial capitalista totalmente legal y asumida por el estado de derecho que edificamos entre todos.
Están en su derecho; en su lógica empresarial no entran los sentimientos ni las particularidades humanas de las personas que, sin tantos recursos económicos, destinaron su tiempo y su salud al sostenimiento de la empresa y a la obtención de los beneficios empresariales.
¿Cómo entonces les procesamos ese culto que los encumbra socialmente y los convierte en benefactores y servidores de la sociedad? En todo caso lo serán en la misma medida que cualquiera de sus trabajadores a los que ahora dejan desamparados.
Aplicando los mismos argumentos y considerandos por los que se concedió el nombre de Carlos Albo a la calle dedicada al fundador de la empresa, debería desaparecer ahora.
Es una cuestión de dignidad de un pueblo y de justicia social.
Junio 2009